Clipping de Relações Internacionais

Vivir un día más, vivir un día menos

Posted in África, Social & Questões Culturais by Emilia C. de Paula on 14/10/2013

Nairobi – El Mudo – 14/10/203.

Esther acude cada día al vertedero de Dandora para ganar algo de dinero. | Xavi Fernández de Castro

Esther acude cada día al vertedero de Dandora para ganar algo de dinero. | Xavi Fernández de Castro

El sol empieza a salir y con él decenas de personas acuden con paso desganado al vertedero de Dandora para rebuscar entre la basura durante horas y recoger plástico, vidrio y metal que luego revenderán a empresas de reciclaje a un precio irrisorio. Situado en medio de los suburbios de Dandora y Korogocho, es al mismo tiempo fuente de sustento y enfermedad para las miles de personas que vienen cada día a ganarse la vida como pueden, pero también para las decenas de miles que viven alrededor.

 

Numerosos estudios han detectado niveles alarmantes de metales pesados tanto en las personas como en el río Nairobi, que sirve de separación natural entre ambos barrios y cuyas aguas grisáceas y putrefactas se usan para lavar ropa o regar huertos caseros. “Aquí se tiran residuos industriales, sanitarios y residenciales procedentes de toda la ciudad”. Samuel, uno de los cabecillas del vertedero, lo cuenta sin inmutarse, resignado tras esperar una alternativa que nunca llega. “Hay tanto desempleo que muchos prefieren arriesgarse con tal de poner un plato en su mesa”.

Esther, de 62 años, comenzó a venir hace cinco años, cuando su marido murió y se quedó sin nada. Sentada en un montón de basura, se toma un descanso y, aunque no sabe leer, se pasa todo el rato ojeando las ilustraciones de un libro viejo y polvoriento. Casi no habla inglés y lo poco que se le entiende es revelador: “Al menos aquí puedo conseguir algo de dinero”. Y no es mucho. El kilo de vidrio se paga a dos chelines (menos de 0,02 euros) y el de plástico a unos 24 chelines (0,21 euros), por lo que en un buen día puede sacarse entre 100 y 200 chelines, lo justo para comer y guardar algo para días menos productivos.

Sus 12 kilómetros cuadrados de extensión lo convierten en un enorme laberinto para los forasteros. Las montañas de basura, coronadas por cientos de cigüeñas que compiten con la gente por las sobras de comida, dibujan una silueta ondulada que solo se ve interrumpida por las líneas rectas de los edificios colindantes. Un flujo constante de camiones trae nuevos tesoros que esperan ser descubiertos por los afanados trabajadores informales que, equipados con un gancho y un saco, revuelven los deshechos en busca de cualquier cosa de valor.

La chatarra, por ejemplo, está mucho más cotizada que el plástico o el vidrio pero implica mayores riesgos. La técnica que utilizan es tan simple como dañina: prenden fuego a los montones de basura para eliminar el plástico y que solo quede el metal. El humo que desprenden estas pilas ardientes se altamente tóxico y la mayoría solo dispone de un pañuelo para cubrirse la nariz y la boca, aunque les compensa. “Lo que consigo en un día vendiendo chatarra no lo ganaría ni en una semana con otras cosas”, comenta un hombre de mediana edad mientras tose sin parar.

El condado de Nairobi, incapaz de gestionar el enorme volumen de basura que llega todos los días, tolera la presencia de estos buscavidas porque le supone un gran ahorro en gastos de personal e incluso colabora con ellos facilitando las excavadoras que remueven la basura. Además, es un negocio bastante lucrativo. Una media de 200 camiones descargan 850 toneladas diarias de deshechos y el condado obtiene 100 chelines (0,9 euros) por cada tonelada, un tarifa ridícula pero que al final del año supone unos ingresos de 31 millones de chelines para sus arcas.

Sentimiento de comunidad

A pesar de que ha habido intentos de clausurar el vertedero y trasladarlo a otro lugar más seguro, los propios vecinos se han opuesto a todos los proyectos. “¿De qué vamos a vivir?”, se lamenta Samuel. “Si se llevan el vertedero pero no nos dan otra opción mucha gente se quedará sin ingresos. No es un trabajo que nos guste, pero al menos es honrado”. Pasar tantas horas juntos ha creado un sentimiento de comunidad tan fuerte que se rigen por sus propias normas e incluso la policía tiene que pedir permiso cuando quiere entrar en sus dominios.

“No es una zona especialmente peligrosa”, remarca Francis Kimemia, jefe de policía de Dandora, “pero son muy orgullosos y sienten que el Gobierno los ha dejado de lado durante tanto tiempo que no se consideran obligados a seguir sus órdenes. En realidad es una comunidad muy disciplinada y que mantiene el lugar libre de delincuencia”.

Como norma general, solo las mujeres tienen autorización para entrar, ya que muchos hombres “son ladrones y traficantes que aprovechan el trajín para esconderse de la policía”, explica Samuel, que conoce prácticamente a todo el que pone un pie en su vertedero y está muy orgulloso de ello. A los niños tampoco les está permitido acceder al recinto, pero como en muchas otras cosas, de la teoría a la práctica hay un mundo. “El recinto no está vallado y no podemos controlarlo todo”, se justifica. Aun así, solo con levantar la cabeza, y sin necesidad de buscar con mucho ahínco, se puede ver a varios niños de entre 12 o 15 años hurgando en las bolsas llenas de deshechos.

Al atardecer llega uno de los momentos más esperados. Niños, mujeres y hombres lo aguardan con impaciencia. Si tienen suerte podrán hacerse un hueco para estar en primera fila cuando lleguen los camiones procedentes del aeropuerto y los hoteles más lujosos de la ciudad. Hay auténticas peleas por hacerse con sus sobras. “Es lo único que van comer hoy”, señala Samuel mientras se empieza a formar una multitud que se olvida por completo de los objetos punzantes, los humos tóxicos y las infecciones. Vivir un día más ahora y seguramente vivir un día menos en el futuro. Ésa es la contradicción que afrontan todos los días. Sin excepción.

Disponível em:

http://www.elmundo.es/elmundo/2013/10/13/internacional/1381658454.html

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